viernes, 9 de marzo de 2012

El estrés eres tú


Por Robert Sánchez. ¡Sígueme en Twitter!
Ayer hablaba con Xavi, mi socio, entrenador personal y acupuntor, sobre los efectos del estrés a nivel fisiológico. Hormonas, frecuencia cardiaca, presión arterial, vasoconsctricción, nivel de glucosa en sangre, etc. No voy a hablar de eso. Simplemente acabo de recordar que la conversación acabó con una sentencia: "El estrés eres tú. No es un señor que está ahí fuera y te estresa. Eres tú".
El estrés en sí no es algo que podamos calificar como "malo". En realidad forma parte de la naturaleza, la cual fluye entre momentos de alta intensidad -estresantes- y de relajación y estabilidad. ¿Cuándo nos estresamos? Durante cualquier pico en la intensidad de nuestra actividad normal, como pueden ser nuestra respuesta ante un peligro o el intento de resolución de un problema, episodios que lógicamente pueden darse en más de una ocasión durante el día.
Lo que nos mortifica e incluso nos hace enfermar es el estrés crónico. En principio, estamos preparados para que una situación de estrés sea puntual y de corta duración. Esto asegura una respuesta adecuada seguida de un periodo de recuperación, y así estar preparados para el siguiente episodio de estrés. Sin embarago, nuestra día a día suele ser estresante durante toda la jornada y todas las actividades que realizamos requieren estrés, desde que nos levantamos, mientras trabajamos, hablamos, caminamos, comemos, compramos y hacemos algún recado, y hasta que nos acostamos. Vivimos todo el día estresados, nunca damos suficiente tiempo a nuestro cuerpo para descansar, recuperarse y prepararse para un nuevo peligro o problema, y nuestra respuesta al estrés es cada vez menos eficaz.
Lo más importante de todo es comprender y aceptar que el estrés existe y estará siempre ahí. La vida nos traerá todos los días momentos puntuales que requerirán de un incremento de la intensidad de la actividad que estemos realizando, de nuestra atención, de nuestros recursos cognitivos y, en definitiva, de todo nuestro organismo. Incluso probablemente, si en nuestra vida nunca hubieran episodios de estrés también enfermaríamos, ya que interrumpiríamos ese flujo oscilatorio de subidas y bajadas de nuestro ciclo vital -yin y yang-.
Una vez comprendido y aceptado esto, toca determinar de dónde viene ese estrés.
Porque en algunas ocasiones ese estrés, esas situaciones de peligro o de resolución de problemas, es real y forma parte de nuestro trabajo y de nuestras relaciones sociales, familia, hogar, etc. En este caso en que el estrés es real, si concluimos en que es demasiado frecuente, siempre podemos revisar nuestros hábitos y replantearnos nuestras prioridades. ¿Vale la pena querer llegar a todo? ¿Necesitamos trabajar tantas horas y a ese ritmo? ¿Podemos cambiar algo? A las dos primeras cuestiones yo particularmente respondo con un no rotundo, y a la tercera con un ¡Siempre! Siempre podemos cambiar lo que queramos cambiar.
Ahora bien, me atrevo a afirmar que la mayoría de veces ese estrés no es real y no es más que un invento de nuestra mente, y es entonces cuando deberíamos recordar todavía más que el estrés eres tú.
Porque en otras tantas ocasiones, la mayoría de ellas, el estrés no existe y no es más que el producto de nuestra imaginación. Son miedos a un futuro incierto, problemas que todavía no hemos tenido, suposiciones sobre si lo que estamos haciendo agradará o será aprobado por los demás,… es decir, peligros y problemas que no están ahí.
Sin embargo, gracias al increíble poder de nuestro pensamiento, el cuerpo llega a percibirlos como reales y consecuentemente pone en marcha las mismas respuestas metabólicas que tienen lugar ante un episodio de estrés real.
Una vez más, si estos periodos de estrés fueran puntuales y cortos, probablemente tampoco serían un gran problema y no comportarían ningún riesgo para nuestra salud, a la vez que seríamos capaces de responder adecuadamente, dar con la solución -aunque simplemente fuera decirnos a nosotros mismos ¡deja de pensar esas tonterías!- y permitir a nuestro cuerpo recuperarse y prepararse para una nueva situación estresante. Pero todos sabemos que no es así.
Además del estrés real, el cual insisto en que también podemos gestionar de un modo más eficaz, nos complicamos la vida con un estrés imaginario pero constante a base de inseguridad en nosotros mismos, dudas y miedos que todavía nos hacen más daño que ese estrés real.
De todos modos, al fin y al cabo, después de comprender y aceptar que el estrés soy yo, las cuestiones a resolver son muy parecidas a las que planteaba ante el estrés real:
  • ¿Vale la pena pensar de esa manera, querer llegar a todo, pretender que todo el mundo apruebe lo que hago, cargar con responsabilidades de los demás?
  • ¿Necesito inventarme todos esos problemas que todavía no han ocurrido, sentir ese miedo a algo ficticio, intentar controlar todas las posibilidades?
  • ¿Puedo cambiar algo?
Curiosamente, las respuestas también coinciden. A las dos primeras preguntas, rotundantemente no. A la última… ¡Siempre! Siempre puedo cambiar lo que quiera cambiar.

Soy totalmente responsable de mi vida.

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